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Meterse en Lago di Garda es entrar al túnel del tiempo.  Allí donde en el 69 la pareja de inmigrantes Santucci Rizzo compraban un terreno baldío para hacer un hotel que devino en restaurante sigue intacta la magia y la motivación que los llevó a perpetuarse. Hoy una tercera generación nos recibe en la Lima 278 para contarnos el devenir de la historia, las anécdotas y los por qués de este clásico de pastas que sobrevive año tras año en Córdoba.

“Arrancan mis abuelos maternos en 1959 en la calle Rivadavia (unos metros antes de Humberto Primo). Estuvieron 10 años en ese restaurante, piso de tierra, cocina a leña, grandes ollas de guisos y busecas. No se hacían pastas en un principio. Captaban un público que venía de trabajar en el Mercado Norte y en el Mercado del Abasto (cuando estaba en el centro) y los comerciantes de la zona. Diez años después (en 1969) mi abuelo compró el lugar donde estamos actualmente. Le puso Lago Di Garda porque, cuenta la historia familiar, estaba haciendo el servicio militar en el Lago Di Garda y le dan aviso a la tropa de que se tenían que incorporar a la segunda guerra mundial. Eso le quedó fijo para siempre. Mi vieja también era italiana, tenía 7 años cuando vino a Argentina. Mi mamá y mi abuela metidas en la cocina junto a familiares que le daban una mano. Yo y mis hermanos nos criamos acá adentro también. Mi abuela no era cocinera, nunca hizo un curso, pero su sangre tana la llevó a saber mucho de estas recetas”, cuenta Fernando.

¿Las recetas se mantienen intactas desde esa época?
Muchas sí, sobretodo los modos de preparación, el “todo a pulmón”.
Hoy incorporamos ciertas maquinarias como una amasadora y una laminadora, pero antes era la pasta linda. Hoy seguimos cortando las rueditas de los capelletti a mano. Nunca jamás nos proveímos de pastas, siempre lo hicimos nosotros de manera que pasó de mi abuela y mi vieja a un primo adolescente que venía a ayudar para dar sus primeros pasos laborales y actualmente fabrica las pastas acá. Yo digo que somos medios formadores de paladar porque vienen los bisnietos de los clientes de mi abuelo. También quedaron algunos de la generación de mi abuelo, que vienen como pueden y recuerdan el sabor, recuerdan la conducta que tenía mi abuelo, que en ese sentido era bien tano. Hemos tenido nuestros momentos flacos como todo comerciante, la mayoría de las veces de crisis nacionales, pero las hemos sabido sortear. Actualmente tenemos un equipo de trabajo muy piola y todos muy abocados, descansamos poco pero es el premio de quedarnos y ser perseverantes.

¿Cuál fue el aporte de ustedes, de esta tercera generación?
Pulimos muchísimo la carta. Ir a capacitarte te va abriendo el panorama. Limpiar la carta y dejar productos que roten, que no es la carta que tenía mi abuelo (tenía ranas a la provenzal, por ejemplo, para darle el gusto a algunos clientes pero no tenía salida). Tenemos una variedad de 30 y pico de salsas que se van tornando intocables porque salen. En un momento creamos la Fontina de pasta , una fuente con degustación de pastas familiar. Incluso nosotros no le servimos al cliente sino que dejamos que lo hagan ellos mismos, para que vivan esa situación de juntada de domingo. Venían clientes y nos pedían que le pongamos un poquito de ravioles, un poquito de capelletii, un poquito de lasagna en un plato. Respondiendo a eso creamos el producto.

Las pastas del Lago Di Garda son sin dudas su mayor éxito pero también la carta recorre platos más clásicos como minutas, pescados, antipasti (entradas) y sus postres típicamente italianos (hay quien se tienta también con un flan con dulce de leche). Los fines de semana conviene reservar o estar dispuesto a hacer la cola sobre la vereda, una costumbre que también fue legado de generación a generación.

Podés escuchar la columna que hicimos sobre este tema con Notify acá:

 

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