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Exilio al paraíso

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Por: Violeta Brodsky

La luz se cuela por el enorme ventanal de vidrio partido y le da tonalidades distintas al salón, según la hora del día. La panorámica de las sierras revela la altura (estamos a 1.448 metros sobre el nivel del mar). Una charla que evoca fantasmas, un piano restaurado con las cuerdas a la vista y un concierto del Último Café, como nostálgica despedida.

David Izquierdo nos recibe en su posada Las Vertientes como quien recibe a un primo que no ve hace mucho tiempo. Se adelanta a hacer un comentario rompehielo: “Para mí, siendo de Buenos Aires, Córdoba me parece la más equilibrada de todas, turísticamente, porque está en el centro del país, porque tiene unos ríos increíbles, rinconcitos que yo todavía no conozco de Copina, porque hay un montón”.

Viste una camisa a lunares, un jean azul oscuro y zapatillas de trekking. Habla y se mueve como un auténtico dandy porteño. Pero hay algo en su temple cálido que me hace pensar que su vida ha cambiado y que supo fusionarse con esa atmósfera mansa. David no parece estar apurado.

Viniendo desde Córdoba por la ruta 34 un camino de ripio nos lleva al “centro urbano” de Copina. Su fundación se remonta a 1915, atravesado por el primer camino que unía los valles de Punilla y Traslasierra y comunicaba a las ciudades de Villa Carlos Paz y Villa Dolores. Lo inauguró el Cura Brochero en sus travesías y luego fue ruta de baqueanos y campesinos para el traslado de mercaderías. Cuando dejó de ser la principal vía y se crearon nuevas rutas, Copina se transformó en un pueblo fantasma.

En su apogeo, en los años 40, había cinco casas, dos hoteles, un correo y un almacén de ramos generales. Llegaron a vivir cincuenta personas, hoy tienen domicilio registrado sólo tres. Sumando al equipo que hoy trabaja en Las Vertientes (en temporada alta se instalan allí) llegan a un total de habitantes que no superan el número diez.

José, también conocido como Papilo, es el habitante más antiguo, vive hace 45 años en Copina y se dedica a sus gallinas y a changuitas, Alejandro cuida el campo del dueño de un viñedo jóven, de las ovejas, las vacas y los caballos. Agustina era la maestra del pueblo, que ya no tiene escuelas porque no hay niños. Un día llegó David sin planes de quedarse y se quedó.

David hizo del hotel en el que supo vivir su abuela su propio hogar. El otro hotel que funcionaba en ese entonces fue varias cosas hasta que, causal y casualmente, ahora está en manos él y de su familia. Lo transformó en el restaurante y posada Las Vertientes.

Foto: Seba Londoño

Martina es la encargada del salón y de la posada. Llegó a Copina por primera vez en el 2018 (es ahijada de una prima de David), volvió en 2019 y en el 2021 vino a hacer temporada y se quedó. Dice que cada día que pasa le descubre algo distinto a Copina. La naturaleza, el agua, los lugares restaurados, la gente, las noches. Una vez que le encuentra la vuelta a las mañas del lugar (llama mañas a la falta de gas, cloacas y electricidad) es todo disfrute. “Hacemos huerta, reciclamos, separamos compost, lo que sobra de comida se lo damos a los perros del pueblo”.

A Copina no llegan los servicios porque está considerado un Paraje. De mayor a menor, contando el número de habitantes, los sitios se catalogan como Ciudad, Pueblo, Comuna, Paraje (lugares deshabitados o con un escaso número de habitantes). Usan energía solar, extraen agua de la vertiente, el gas es de garrafa y el agua para ducharse se calienta con leña.

En los años 80, cuando lo viejo era lo viejo y la gente quería Miami, Copina estaba olvidada y a nadie le interesaba mucho. Después la gente se dio cuenta de que lo que más escaseaba era lo natural, eso que estábamos rompiendo, y volvió a estar en el ojo de ciertos turistas, cobró volumen. Hace poquito, y ante un posible avance de aluvión turístico, les llegó una buena noticia: Copina se encuentra dentro de la reserva hídrica Pampa de Achala. Eso implica que van a monitorear mucho más los fuegos por los incendios forestales, van a reforzar la comunicación para que la gente se lleve su propia basura y a limitar la construcción. Se van a poder hacer cosas siempre y cuándo no se dañe el medio ambiente, el único que tenemos. El nombre de la posada no es casual, en el cerro de atrás hay una vertiente permanente, que nunca se seca. El agua que brota de la montaña se capta en una pileta más alta y llega a las casas por gravedad, no se bombea, no necesita energía para moverla. “Queremos que el turismo valore que se está bañando con agua de vertiente, agua mineral”.

-¿Los puentes colgantes a cuánto quedan?
-A 800 metros de acá está el primero.

Martina saca un mapa dibujado por ella, parece estar pintado con ceritas de varios colores y cada parada tiene marcado en manuscrito sus pertinentes indicaciones. Para llegar a la Cascada Escondida la referencia es una lápida. “Se van a dar cuenta de que hay bastantes plaquitas porque suelen venir a tirar las cenizas a Copina. Es un lugar donde la gente, que ha transitado este lugar, deseó que sus cenizas estén acá”.

Las cenizas de la abuela de David están esparcidas en una de las cascadas de Copina y eso, quizá, es lo que le da sentido a esta historia. Se encargó de decirle durante toda su vida -y muchas veces- que quería que sus cenizas estuvieran allí y sus sucesores cumplieron con su palabra. Un año después de su fallecimiento, por otras contingencias de la vida, David visitó esa cascada junto a sus padres y su relato, más que un recuerdo, parece una epifanía de aquello que vino después:

“Mientras íbamos caminando a la cascada había una niebla terrible, no se veía a dos metros para adelante. Escéptico o no, cuando llegamos al lugar, se abrió un agujero en el cielo que dejaba entrar un chorro de luz, justo arriba de la cascada donde descansaba mi abuela”.

Hay mística, hay señales, hay silencios y hay música en su relato. Es la segunda entrevista a la que accede y confiesa haber estado un poco nervioso antes. También dice que se siente a gusto con el repaso, como si volver a contarlo fuera parte de ensamblar ese pasado con este presente. A veces sigue un hilo cronológico y otras se detiene en algún detalle. El David que habla no siempre es el mismo que el David que piensa. Se desdobla en todas esas cáscaras que lo componen y construye diálogos que tiene y tuvo consigo mismo. Mira hacia adelante, hacia atrás y a sus costados.

Las esporas de su abuela sobrevuelan en casi toda la charla y le da forma a aquello que hoy está sucediendo. Nelly llegó desde San Agustín a Copina cuando tenía 12 años con su madre, sus hermanas chiquitas, su hermano y el marido de su madre y vivió allí hasta el año 50. Vivieron y se encargaron del hotel, que hoy es la casa de David. Un verano llegó quien luego sería su marido a la casa de al lado, “le arrastró el ala” y se la llevó a vivir a Buenos Aires. Durante toda su infancia Copina fue la materialización de esos relatos. Cuando llegaban al viejo hotel Copina (aquella casa de la abuela) lo miraban desde afuera, estaba cerrado con llave porque ya no les pertenecía. Sin embargo, él tenía la sensación de que ese lugar era suyo. “Volvíamos de esas vacaciones flasheando con mi viejo de qué lindo sería poner un rancho relaxo en Copina (para Los Simpson era una especie de spa en donde podrían relajarse y comenzar a sentirse mejor). Era un flash, nada que fuéramos a concretar, pero son de esas cosas que se te instalan de chiquito en la cabeza”.

A un año de la muerte de su abuela y antes de la sucesión de cosas que pasaron a continuación, al David adulto se le volvió a instalar ese capricho.“Llegamos a la casa de mi abuela y estaba completamente saqueada, no tenía puertas, ventanas, estaba llena de grafitis, incluso los techos se estaban cayendo. Como era una casa de barro me dije: la próxima vez que venga esto no existe más. Empecé a preguntar a mi vieja de quién era. Me comentó que era de un tío que no conocía y que la había comprado en un remate con el objetivo de que no se perdiera”.

Ni bien llegó a Buenos Aires llamó a su tía Isabel y le pasó el teléfono de Carlos Romera, el tío en cuestión. En una de esas juntadas familiares Carlos le preguntó, ya sin preámbulos, qué quería con Copina. La respuesta fue que, en general, sólo quería recuperarlo y que no desapareciera. Después no sabía cada cuánto iba a poder venir, ni cómo lo iba a hacer. Como sueño o como delirio, quería restaurarla durante todo ese año para, a finales del siguiente, convocar a toda la familia a pasar Año Nuevo ahí. Nadie se lo tomó muy en serio pero después de varias reuniones y negociaciones llegó a un acuerdo con los hijos de Carlos y de Ani y compró la casa. El 31 de diciembre del 2016 eran 40 personas en esa casa con piso, techos, luces y baño, despidiendo el último día del año.

Foto: Seba Londoño

Un viaje hacia lo desconocido

En esa celebración estaba Agustina, una de las primas lejanas de David, quien le insistió en poner un hotel, todavía parecía estar lejos de sus planes instalarse a vivir en Copina. Un día el edificio perteneciente a Remmar (una asociación sin fines de lucro que se dedicaba a rehabilitar chicos con problemas de marginalidad) puso un cartel de venta. A media cuadra de la casa de David, este edificio había sido el segundo hotel de Copina en sus épocas gloriosas. Hicieron una oferta que, para el dueño del lugar, fue poca. Pasaron cinco meses y un día ya no estaba el cartel de venta. Ese mismo día, mientras subía rumbo a su casa, se encontró con el cartel tirado en el medio del campo, lo había volado el viento, y lo tomó como un símbolo. El 14 de noviembre tuvieron la llave del lugar, volvieron a convocar a la familia para pasar año nuevo y formaron una cuadrilla de 60 personas. El 6 de enero de 2018 reabrió Las Vertientes.

Como no tenían experiencia en el rubro gastronómico y hotelero comenzaron con un almacén: empanaditas y sándwiches de bondiola y jamón crudo, café con leche, tostadas. La propuesta de cocina era simple y se las arreglaban con lo que tenían y sabían hacer: guiso de lentejas, fideos, lasagna. Cuando se incorporó Franco como cocinero se encontró con la sorpresa: “Nos vio a nosotros que no teníamos la menor idea de lo que estábamos haciendo, una médica y un mecánico haciendo sandwichitos”. La nueva etapa del emprendimiento implicó complejizar la carta y ese verano ya los agarró con un equipo armado de laburo, mejor parados. Para el 2019 pudieron terminar la obra de restauración y se abrió como posada con cuatro habitaciones y un comedor.

Pero llegó marzo del 2020 y todo se detuvo. Para sobrevivir establecieron sueldos de mínima y aprovecharon al máximo los recursos. “Me agarró una cuestión peronizante gigante, me dije: cómo me comporto yo ante esto si soy peronista y no me puedo hacer el pelotudo con esos valores”. Unos días antes se había hecho un festival de highline y muchos participantes quedaron varados en la montaña. Comenzaron los meses de frío y se armó una ranchada de diez personas en la Posada, que permanecía cerrada. Para David esa experiencia fue muy parecida al “paraíso”. Desde aquel momento a hoy vive -y disfruta- cada día de Copina.

Foto: Sebastián Londoño
Foto: Seba Londoño

La carta del restaurante de Las Vertientes es hogareña y hoy tiene a Desirée, como una de las encargadas. “Hace magia con fuego”, destaca Martina. Unos días antes de la llegada elegimos cada plato, eso les ayuda a organizarse ya que, al no tener abastecimiento cerca, hacen las compras de los productos una vez por semana. Se pueden probar pastas clásicas o rellenas (como canelones, sorrentinos tallarines) con distintas salsas, milanesas, carnes o algunos platos vegetarianos. Elegimos la bondiola con reducción de malbec con verduras al horno y el bife a la manteca con papas aplastadas. Cada plato sale con una empanada criolla (y frita) de entrada. Sabores caseros que envuelven la experiencia de aquel lugar mágico. Jazz que ambienta pero no interrumpe la calma. “Si viene alguien apurado no está en el lugar correcto. Siempre que transgredimos eso nos damos cuenta de que nos equivocamos”.

En Copina pudimos encontrarnos con cenizas, huellas, señales y vidas sepultadas. También con el recuerdo que brota como ese agua de vertiente de montaña: puro, limpio. Personas que van dejando esta vida mundana para transformarse en sabias, en profetas. Casas y tierras arrasadas por decisiones que devienen en cambios. Una ruta, un pueblo detenido en el tiempo, un lugar que tomó una pausa y que ahora escribe un presente.

 

 

 

Una respuesta

  1. Felicitaciones por la nota!! Copina es el paraíso en la tierra y Posada Las vertientes tiene una cálida recepción con personal, cocina y atención fantástica. Desirée con sus manos hace maravillosos y deliciosos platos. Altamente recomendable lugar y posada!!

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