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Alberdi, uno de los barrios míticos de la ciudad de Córdoba aloja también un emblemático bodegón al que vale la pena visitar.

 

 

Si bien el lugar es pequeño, el IME atiende hasta 120 personas por turno (tiene 70 lugares) y su principal publicidad es el boca en boca. Dos mozos se encargan de atender las mesas, con entusiasmo y agilidad.

Entre el murmullo de las mesas, se pueden distinguir camisetas de los distintos clubes cordobeses, charlas encendidas sobre política, vinos y futbol, carcajadas de familias y grupos de amigos, rechinar de cubiertos y copas, saleros que van de una mesa a otra, personas solitarias que esperan en el silencio de su mesa el pedido, otras que esperan con impaciencia el turno de una mesa y otros tantos que aguardan pedidos para llevar.

Nuestro mozo se llama Carlos (trabaja en el IME desde el año 2010) y al entregarnos la carta nos aclara que no nos fijemos en esos precios porque “ya no existen”. Nos recomienda el vitel toné de entrada para calmar el hambre y arrancar con el sodeado (una jarrita de vino de la casa, bastante hielo y el sifón de soda directo a la mesa).
La carta está ilustrada con la figura de un rastrojero. El asunto es que el IME nació por iniciativa de los trabajadores de la empresa Industrias Mecánicas del Estado conocida, entre otras cosas por diseñar y fabricar este utilitario, ícono nacional. En un primer momento era un club exclusivo para socios, luego la familia Martínez se hace cargo del buffet y convierte al IME en el comedor que es hoy.

Podés escuchar la columna que hicimos sobre este tema con Notify acá:

 

 

Con mi comensal nos ponemos de acuerdo en pedir cada uno un plato diferente: yo voy por la clásica milanesa completa (cuando dicen completa no chamuyan, viene a la napolitana y a caballo con el huevo frito en su punto perfecto!) acompañada de una generosa porción de papas fritas. Quizá en esta reseña lean varias veces la palabra generosa, y es lo que caracteriza a cada plato del IME: lo gourmet, lo sofisticado, lo soberbio lo dejaremos para alguna próxima estación. Mi compañero se pide un bife de chorizo completo y a punto (por lo menos pesa 400 gr.), también acompañado de las generosas papas fritas. Devolvemos cada uno de los platos sin rastro de comida (el pan fresco de la panera ayudó).

Para finalizar el almuerzo, le damos lugar al postre (siempre hay que darse el lugar!): flan con abundante dulce de leche y crema. La cuenta del pedido es a ojo, el mozo hace un cálculo con la rapidez del oficio. La sorpresa de la relación precio-calidad-cantidad también nos deja entusiasmados por volver.

Partimos con el corazón contento y la panza satisfecha de haber conocido un pedacito más de la historia y la cultura de Córdoba. Un lugar autentico, sin más pretensiones que la experiencia de una comida casera bien servida, abundante y genuina.

Escuchá la columna que hicimos con los chicos de Notify sobre este tema ACÁ

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