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Fotos: Fernando Bordón para La Tinta

Un cartel que indica chipá caliente todo el año y con el olfato como brújula voy directo al calor del mediodía, a la humedad que hace brotar la tierra, a algún bar de pueblo cercano y al encuentro con ese legado guaraní que es mucho más que un pan de queso.

Y ahí están, con su aroma inolvidable y el calor del horno, que va transformando la masa en una costra crocante y el centro en un amable pan espeso. Y ahí están y no eran una falsa promesa ni una estrategia de marketing. Saludando desde el fondo, en la Cabaña de Chamigo están sus dueños, sus chipas, sus ollas humeando algún caldo y la calidez de Litoral emergiendo de sus paredes.

Alejandro y Eduardo son dos chamigos, correntinos de pura cepa. En el 92, quizá por necesidad o quizá por nostalgia, abrieron las puertas de un local pequeño en Barrio Güemes. Güemes no era lo que era ni suponía serlo, pero quedarse e integrarse a nuevos escenarios es algo que ellos lo saben hacer desde siempre.

Al principio su horno sólo despedía empanadas y chipas hasta que fueron ampliando la carta hacia platos caseros y abundantes y hoy ya están cómodamente instalados en la vereda de los bodegones.

Carne al horno, humita, pastel de carne, lasagna, cazuela de lentejas o de mondongo, guiso de arroz, pollo deshuesado, albóndigas, ravioles son sólo alguno de los platos que ofrece Chamigo. Además, en invierno suman locro y algunos días se puede pedir de entrada lengua a la vinagreta o vitel toné.

Como un homenaje diario a su propia historial y cultura los chamigos abren de martes a viernes, mediodía y noche. Los domingos encienden sus luces a la caída del sol, acompañando el compás de la feria. Nunca faltan las guitarreadas, los abuelos y padres que acercan a sus herederos historias y anecdotas de aquel lugar donde fueron felices. Nunca faltan transeuntes del viejo y del nuevo Guemes que buscan acompañar esos mates y paseos con chipás calentitos, un secreto bien guardado y el susurro de un chamamé que les revela una historia al oído.

 

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