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Romi Viola es cordobesa, comunicadora, cocinera amateur y viajera. Durante la cuarentena se propuso recrear sus sabores preferidos del mundo y compartirlos con amigos por Instagram. Hoy Romi Kid se transformó en una colección de recetas, tips gastronómicos y sus seguidores, en una gran y fiel comunidad.

Nos encontramos con ella en la sala de meet durante el break que le dan en su trabajo para una empresa extranjera. En esa hora, robada para este encuentro, aprovecha para cocinar, lo que más le divierte. Intenta hacer las compras temprano y ya con la receta en mente se pone a crear, entre mail y mail, aquello que va a comer (y compartir). Porque Romi aparte de cocinar, genera contenido para sus más de 30mil seguidores que esperamos ansiosxs cada nueva receta.

Romi Kid y Romi Viola son la misma persona. No hay personajes creados, no hay una estrategia. Surgió, como tantas cosas, en la pandemia.

“Romi Kid siempre fue una cuenta personal, si scrolleas más abajo de las recetas se ven fotos personales. A la única cuenta que le puse onda fue a la de En Modo Avión cuando estaba haciendo el podcast porque sentía que era una buena manera de llegar a la gente, pero a Romi Kid en sí no. Trabajaba de community manager y odiaba eso. No me llevo bien con el calendario, con los horarios. Sentía que todo el tiempo estaba corriendo una carrera contra mí misma, contra la Romi del pasado. Mi cuenta la manejo de la manera más relajada posible que es la forma en que hago las cosas. Si tengo una receta y siento que está re buena y va a sumar, la subo. No lo hago para tener algo para postear”.

Trabajaba en una empresa de Malasia y el día 1 de la cuarentena se quedó sin empleo. Un poco asustada por un pronóstico tan incierto y para “matar el tiempo”, se anotó en un curso de periodismo gastronómico, uno de escritura creativa y otro de japonés. Esa misma tarde también subió a su IG una receta.

“Lo que más me gustaba era invitar a gente a comer a casa. Tengo un grupo de amigos muy grande y nos dividíamos las tareas: uno cortaba el queso para la picada, uno servía el vino, el otro elegía la música. Al ver que no lo iba a poder hacer durante un tiempo (y recién vuelta de un viaje, con muchas ideas en la cabeza) dije bueno, mi manera de compartir, de bajar esto, es en Instagram. El problema es que al día siguiente me ofrecieron otro laburo que es donde estoy ahora”.

¿Cuándo fue el boom, cuándo te diste cuenta que tu Instagram se estaba transformando en algo más grande?

Tenía 2 mil seguidores, ponele, no era mucho. El primer salto fue cuando hice el mante armenio (una de las primeras recetas) y lo levantaron de espacios como noticia: gente cocinando en la cuarentena. Hacer el mante es un laburazo, tenés que amasar, cortar los cuadraditos, rellenarlos, armarlos. Visualmente es muy lindo, muy Instagram friendly. Ahí subí a cinco mil seguidores (que ya era un montón). Después lo que pasó fue que una influencer de skincare cocinó una receta que había publicado en mi IG (que ni siquiera era mía sino de una chica del New York Times) y me nombró. Era un viernes, dejé el celular y cuando lo agarré tenía tantas notificaciones que se me había paralizado la pantalla. Sumé como 3 mil seguidores en una hora. Ese fue el gran salto. Desde ahí el número de seguidores fue creciendo y fluctuando, pero no le doy tanta importancia a eso.

¿Los platos que se ven en el feed son recetas tuyas con una vuelta de tuerca o son recetas clásicas que respetás?

La mayoría son recetas mías, salvo algunos casos puntuales, como el risotto que es bastante tradicional y a la que le doy una vuelta. Por lo general, son recetas que nacen de un ingrediente principal o de un vegetal que pienso en formas distintas para cocinar, con qué ingredientes fuera de lo común podrían quedar bien. Siempre intento introducir algo nuevo. Cuando hago puré de papas, por ejemplo, me parece que queda espectacular pero no lo postearía porque siento que todo el mundo tiene su forma de hacerlo y le gusta cómo queda. Me gusta sumar algo nuevo a la conversación.

Basta mirar su feed, llaman la atención los modos de preparación e ingredientes exóticos para el paladar argentino, “importados”. Pak choi, ramen, miso, masalas. Su foco está puesto en las experiencias que pudo traer de sus viajes y en esas sensaciones que busca transmitir a los suyos.

“Siempre me gustó la idea de viajar pero nunca lo había hecho. Vengo de una familia grande y no salí de Argentina hasta los 21, a esa edad compré mi primer pasaje en avión. Estuve viajando poco tiempo, porque trabajaba acá y era más difícil. Después empecé a trabajar para Malasia y me mandaban dos pasajes al año para ir. Me agarré de eso y empecé a viajar mucho. Dejé el departamento que tenía en Córdoba y durante unos años trabajé y viajé. La primera vez que fui no conocía nada de Asia, en casa no se probaban sabores muy distintos. Como viajaba por laburo, me recibía gente local y la manera que tienen ellos de hacerte conocer su cultura, es a través de la comida. Me llevaban a almorzar a mercados típicos y tenía que adaptarme. Me gustó tanto que quería hacerles probar aquellos sabores a mis amigos. Entonces cada vez que volvía me traía una valija llena y todos los viernes hacía comidas en casa. Después, ya cuando viajaba a otros destinos, lo primero que hacía era meterme en un mercado. Siento que allí conocés a fondo la ciudad”.

Romi nunca estudió gastronomía y cuando intentó trabajar de pasante en un restaurante (El Papagayo) se dio cuenta que eso no era lo suyo, que la presión de la cocina profesional la alejaba del disfrute de lo amateur. Como escribir y comunicar sí son lo suyo, decidió llevar esa inquietud para ese lado, generó con sus recetas y casi sin querer, una comunidad de amigos.

“A mi siempre me gustó cocinar. Mi papá era el que cocinaba en casa y la forma de vincularme con él era a través de la cocina. Mis viejos laburaban bastante y hacía la comida para mis hermanos. Mi mamá dejaba escrita las recetas (cómo hacer las milanesas o la carne al horno, cosas muy básicas) y con 10 años siempre las hacía. Me quemaba a menudo, llegaba al colegio con vendas”.

Si tuvieras que elegir una receta de tu infancia…

Hace poco salió un proyecto de Google de la cocina en Argentina con la chica de Pick Up The Fork. Ella me invitó a hacer una receta de la infancia y preparé los canelones de mi papá que son los que más me gustan. Los hace rellenos de verdura y chorizo.

¿Cuál es hoy tu caballito de batalla?

Tengo varios…El butter chicken (indio) es increíblemente rico y todos los ingredientes se consiguen fácilmente, en cualquier supermercado.El Brócoli Dijon también me hace quedar bien, sobre todo con vegetarianos. Los blondies también los hago y las empanadas de osobuco son un clásico que no falla.

¿Ingrediente preferido?

Es muy cambiante, pero creo que voy por el ajo. También me gusta mucho el miso. Cuando iba a Malasia, en todos lados que ofrecen comida japonesa te dan de entrada una sopa de miso y me encantaba el sabor, pero nunca había cuestionado qué era. De un momento a otro todos estaban cocinando con miso, es un ingrediente que en la cultura japonesa se usa hace un montón pero al occidente llegó hace dos años. De las recetas que veía (consumo muchos canales de youtube y contenido relacionado a la cocina) todas tenían miso, entonces se transformó en un ingrediente básico para mi cocina, desde que lo empecé a usar no paré nunca. Como es un fermento (de porotos de soja) te dura buen tiempo en la heladera y es fácil de usar.

Curiosa y todoterrero, Romi se animó el año 2020 a cocinar en vivo para Cocineros Argentinos.
“Nunca había ido a un estudio de televisión, ellos seguían la cuenta hace un tiempo pero no podían invitar a alguien que cocinara en Instagram. Entonces inventaron una sección que se llama Cocineros Emergentes. Yo decía que era cocinera amateur, que cocinaba en mi casa, como Norma de Floresta y desde ese lugar me animé”.

Romi habla con timidez de sus logros, pero también de los miedos que le genera cada nuevo desafío. Trata de no pensarlo tanto, de animarse y disfrutar del proceso. Busca, prueba, agrega, falla, se divierte, comparte. Una cocinera que supo hacer de su cocina una fiesta, y de sus ganas, una comunidad.

 

 

 

 

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